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Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

Carmen de Burgos y Seguí
"Colombine"

"La incomprensible"

Biografía de Carmen de Burgos y Segui en Wikipedia

 
 
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Música: Liszt - La Cloche Sonne
 
La incomprensible
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!Triunfante!
 
 
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«¡Ven! ¡¡Ven!! Estoy aquí solo, rodeado de rosas, pero ¡ay! faltas tú... ¿Cuándo vienes? Dímelo pronto, nena... Me siento apenado, melancólico, lejos de mi sol moreno, de mi gitana de las tristes dulzuras. ¡Ven! Te necesito para que sonría mi alma y florezca en torno mío la primavera...»

Los ojos de Isabel no podían separarse de aquel párrafo apasionado de la carta que temblaba en su mano. Aquella carta, escrita en papel grande, pulso seguro y letra clara, de mayúsculas dibujadas como letra de imprenta, venía a traerle al cabo la felicidad tanto tiempo deseada. Y llegaba cuando la esperaba menos, cuando ya su alma había consumado el sacrificio de la separación, de la abdicación de todas sus esperanzas.

De espíritu soñador y romántico; desengañada muy prematuramente de la pequeñez de las cosas; despreciadora de todo, quizás porque todo se le ofrecía con exceso; asqueada de la jauría de hombres que seguían sus pasos como perros ansiosos de carne, el pintor fuerte, genial, grande y poderoso, apareció ante ella como descendiente de una raza de dioses, y su espíritu se le dio sin lucha, se le entregó como al esperado, al presentido durante muchos años en sus sueños de soledad, en sus ansias de ideal, en sus anhelos de lo infinito.

Su pasión había sido tan grande, que temió al agotamiento, al desencanto, a la desilusión, y huyó del lado del que amaba para conservar los dulces lazos del afecto, del perfume de un amor llamado a desvanecerse fatalmente cuando nada hubiese en él desconocido para el artista.

Llevaba tres años viajando; los escenarios nuevos, el interés de la curiosidad borraban recuerdos, la imagen del dios se esfumaba y renacía la paz en su espíritu.

Alfredo había sufrido con el alejamiento de Isabel quizás más por la costumbre de verla que por el afecto; primero dejó de escribirle; luego se cruzaron algunas cartas; frías al principio, amistosas después; por último, cuando menos lo esperaba, llegó aquélla; un grito de pasión suprema arrancado a su corazón altivo. «Sólo se ama de veras lo que se ha perdido», decía: «¡Ven! ¡¡Ven!!», y volvía a leer aquel párrafo apasionado, sintiendo renacer en su pecho el amor triunfante del pensamiento, mientras seguía lentamente su paseo por el Viale Miguel Ángel.

Llegó a la plaza donde se admiraba el magnífico David de Buonarotti y tendió la mirada por la ciudad que se alzaba a sus pies como un enorme ramo de rosas de té y de lirios azules, aprisionados en el rico vaso de mayólica grisácea de sus colinas.

Cada casa de la ciudad de Dante parecía un palacio, luciendo al sol sus fachadas polícromas; corría el Arno limpio y claro, formando entre los chinorros remolinos de espuma blanca. Al otro lado, hacia la ciudad, se destacaban la cúpula famosa de Santa María dei Fiori, las altas torres del palacio del Podestá y del palacio de la Señoría, con su sin rival esbeltez... y al fondo verdes colimas, árboles gigantes, meciendo su ramaje a la orilla del río, y sobre todo aquello un cielo de zafiro, un ambiente claro, perfumado, ligero, transparente, de recuerdos y de luz...

Era la Naturaleza triunfadora que parecía decirle con su canto: «Ama. No pienses, no analices; la vida es buena; sé feliz...»

Volvió a la fonda, se encerró en su cuarto y escribió; reflejó en el papel aquellos cantos de amor sentidos en la divina Florencia, patria de la armonía y la elegancia; vertió sobre las hojas blancas frases de amor, de felicidad, de esperanza; encerró lo escrito bajo un sobre y salió ella misma para depositarlo en el correo.

Había obscurecido: siguió la ribera del Arno para entrar en la galería de los Uffici, foro moderno de Florencia donde se encuentra la casa de Correos. Era día de fiesta, la fiesta de Junio; pasaba a su lado la multitud elegante y el pueblo limpio, mesurado, conversando con su grave dignidad de florentinos. La ciudad estaba vestida de gala, las fachadas de los antiguos palacios, alumbradas por arcos de luz eléctrica, destacaban la pequeñez de sus huecos y la inmensa mole de sus paredes, y más allá, en la plaza de la Señoría, la torre del histórico palacio viejo lucía su maravillosa elegancia, rompiendo audaz las tinieblas con un ramillete de luces. Brillaban las bellas formas, el mármol de las estatuas de la Loggia de Lanzis, los originales de Benvenuto Cellini, de Donatello y Miguel Ángel, que se ofrecen al aire libre en el museo inmenso de la ciudad de los Médicis.  A ambos lados de la galería de los Uffici se extendía en sus hornacinas todo un pueblo de figuras de mármol, de toscanos ilustres, cuyos nombres hacen caer de rodillas a los artistas. Ciudad de recuerdos, ciudad de flores, ciudad de amor; el ambiente de Florencia se iba apoderando poco a poco de su alma. De pronto, como esas personas que sacuden el sueño para levantarse y hablar con energía, Isabel sintió alzarse en su alma un sentimiento de rebelión. ¡Acababa de hacer un disparate! La carta aquella depositada en el correo era la confesión de su vencimiento, el principio de un porvenir de lágrimas y de humillaciones.

El ambiente toscano era el cómplice de su locura. Los desdichados no deben encerrarse en el campo ni en la soledad. El privilegio de entrar en su propio espíritu sin sufrir, es patrimonio sólo de los felices o de los imbéciles. En un momento formó su resolución; entró en el escritorio público instalado en el mismo edificio del correo y escribió:

«Apenas depositada en el buzón mi otra carta, despierto de mi último ensueño de romanticismo para decirte que la rasgues y no hagas caso de ella. Me convenzo de que todo es inútil. Yo no puedo amar... Seamos amigos.»

Al día siguiente, Isabel huía de la celada del ambiente de Italia: quería distraer su melancolía en París, en Londres, en esos grandes centros donde el vértigo arrastra y se vive más que se piensa.

***

«Bien, sí, seremos amigos; no te volveré a importunar. A tus pies.»

Leía aquellas líneas en un café del bulevar Montmartre, sola, perdida entre el ir y venir de la multitud que pulula por las aceras y el ruido ensordecedor de automóviles, coches y tranvías.

¡Qué tristeza tan infinita le traía aquel papel! Al fin él aceptaba la situación propuesta por ella; aquella conformidad era ya la renuncia de su amor, la pérdida de toda esperanza. Sentía algo del despecho con que las mujeres coquetas ven el alejamiento de los amadores que han rechazado. Algo del dolor de no hacer padecer al que las desea.

Después de todo, ¿a qué quejarse? Ella lo había querido así. Escribió abstrayéndose entre el tumulto del bulevar parisién; escribió una larga carta. Le hablaba de la excelencia de la amistad, del único afecto que no muere, que no envejece, que ni es egoísta ni siente celos: pintaba el cuadro del porvenir, de la ancianidad, del tiempo que disipa todas las pasiones. Era allí donde le esperaría ella, la amiga leal, la confidente, la hermana... Debían ser amigos, sólo amigos, sin mancharse jamás por un sentimiento impuro. ¿Para qué aquella fórmula fría y ceremoniosa, «A tus pies»? Ella le quería siempre igual. Se aferraba a la idea de su amistad, engañando con ese nombre la pasión.

***

Aun pasó un año más; todo estaba consumado. Era la primera vez que se veían después de cuatro años de ausencia. ¡Las paredes del gabinete los ahogaban! ¡Tenían que decirse tanto, que contarse tantas cosas! Mejor era salir al aire libre; pasearían por un sitio solitario y hablarían mejor...

Dejaron el coche a la entrada de la Moncloa y se internaron entre los árboles. Ambos iban silenciosos, tristes; parecía pesar sobre sus espíritus el recuerdo del pasado; era preciso hablar de él para enterrarlo definitivamente, como si fuese algo que aun no estaba terminado para ellos. Experimentaban el vago sentimiento que impulsa a algunas viudas a rezar el último rosario al marido muerto antes de entrar en la cámara nupcial. Casi a un tiempo pronunciaron la frase consagrada después de las largas ausencias:

—¿Cómo me encuentras?

Ella lo encontraba igual; él la hallaba más bella, algo más delgada, guapísima... y aprovechó la ocasión de tocar la cortina que deseaban correr.

—¡Cuánto te habrán amado!

Sonrió Isabel. Al fin era agradable a su amor propio femenil el recuerdo de sus amadores y de sus galanteos... Aire todo, todo vanidad, que ni satisfizo su corazón ni desvaneció su cabeza.

Volvió a reinar el silencio; les envolvía el calor de un sofocante día de otoño, Nubes de mosquitos engendrados en los estanques revoloteaban al sol, brillando como cristales las alas transparentes y los cuerpecillos microscópicos. Las hojas secas, enrolladas, de las acacias, se arrastraban como confetti movidos por la brisa; sus pies las quebraban al pisarlas con ese chasquido triste, peculiar de todo lo que se rompe, se deshace o se pierde. Aquel día de otoño era un símbolo del otoño suyo, de su invierno que se acercaba. También eran frágiles y pequeñas, como las alas de los insectos que brillaban al sol, las pocas ilusiones que les quedaban; también estaban engendrados como ellos en el estancamiento del fango acumulado sobre sus espíritus; también rodaban en su interior hojas secas, con rumor de llanto, entre el frío del otoño cercano.

Alfredo volvió a hablar: si eran amigos, ¿por qué no le contaba sus amores? Bien sabía él que no le quiso jamás...

Ella encontró fuerzas para mentir. Sí; no era amor aquello que les unió: admiración, simpatía, amistad; ya estaba curada, completamente curada. Al decirlo, el corazón le latía con tal violencia, que le hacía apartar el pecho del brazo de su compañero para que no lo oyera... y quería inventarse aventuras, calumniarse, separar de una vez para siempre de su vida aquel hombre adorado, para el cual sería siempre incomprensible su amor tan puro y tan grande.

El pintor no era psicólogo; creyó las protestas de indiferencia y de amistad... A su vez, quiso corresponder a la confianza de su compañera.

Seguían andando; les fatigaba el sol que penetraba por el poco espeso ramaje, encendido en llamas de luz, con su reflejo. El sendero polvoriento dibujaba las hojas de los árboles; el agua sucia y verdosa de los estanques parecía despedir los insectos como vaho de vapor caliente; una atmósfera caliginosa les envolvía.

Subieron de nuevo al coche y dieron la vuelta por la Bombilla. Allí, en un merendero, bajo la sombra fresca de un cenador verde, siguió la confidencia comenzada.

Él la había querido mucho, mucho... al fin hubo de conformarse a sus deseos... estaba triste, solo, siempre en el taller... A su misma soledad fue a buscarlo el amor... ¡Amaba!...

Al pronunciar esta palabra, Alfredo se detuvo; sintió un vago movimiento de delicadeza, un instintivo temor de hacer daño, y miró con fijeza a Isabel.

Ni un músculo de la cara de la joven tembló, sus labios sonreían dulcemente; escanció dorada cerveza en la copa de su amigo, y dijo con voz perfectamente tranquila e indiferente:

—Sigue, sigue; me interesa y me divierte eso.

En el momento que él levantaba la copa, pasaron dos jóvenes pintores y se tocaron el brazo con un signo de inteligencia. ¡Qué negaran luego! ¡Eran el maestro Alfredo y su querida!

Tal vez sufrió el amor propio del artista con la confesión de Isabel, pero venció el egoísmo del hombre y continuó el relato.

Su amante era una pobre muchacha, una modelo, en la que durante mucho tiempo no se fijó... Una tarde, ella misma le confesó su pasión y se arrojó a su cuello... y era una muchacha honrada; caía por primera vez en los brazos de un hombre, por amor, por admiración...

Isabel no pudo reprimir una sonrisa irónica ante la primera caída de una mujer que se ofrecía al amante sin dolor y sin lucha.

Perdido el pudor, Alfredo se complacía en contar su ventura. Estaba enamorado de aquella mujer: era rubia, alta, hermosa, con majestad de reina. Cuando aparecía en el teatro, con su cabellera espléndida como un casco de oro, todas las miradas se volvían hacia ella.

Y el pintor no disimulaba la parte que la vanidad tenía en su amor: contaba a Isabel con sencillez pueril su admiración por las costumbres y la vida cosmopolita de la aristocracia del dinero y de la sangre, entre las cuales era admitido por su talento. Le hablaba de su orgullo, al ver cómo todas aquellas gentes codiciaban la belleza de su amante, hija del pueblo que los despreciaba a todos.

Ella iba a verlo a su estudio por las mañanas; traía una ola de luz, de perfumes, de encajes a la soledad del taller. A veces, bajo el sencillo vestido de mañana, ocultaba collares de brillantes, que harían la fortuna de una reina. Aquel lujo, que él costeaba, era un aliciente para su amor: un artista necesita, o el idilio pasajero de una aldeana sana y fresca, con perfumes de tomillo, o el lujo que despierta la ilusión. Una mujer modesta, sencilla, vulgar, los aburriría por buena que fuese...

Se detuvo un momento; tal vez iba a decirle una galantería; ella le invitó con ademán imperioso a seguir. Sentía el goce de un dolor inmenso. Acababa de comprender que aquella historia de amor les separaba para siempre, y sufría, sufría como el creyente ante los pedazos de barro de un ídolo roto... de un Dios que al caer revelara el engaño de su culto, sin dejar siquiera el consuelo absurdo de la oración.

Alfredo prosiguió. Le contaba sus viajes, las locuras soñadas de adolescente, y que realizaba al fin aquella mujer encontrada en el dintel de la vejez próxima. Habían ido a Italia, a Londres, a Holanda y a París, Paseos en automóvil, cacerías, bailes; la bohemia que él proponía, y que aceptaba ella con su cabecita de mujer ansiosa y antojadiza.

Ya era el paseo por el río, en barca, en la isla de Robínson, para comer entre los árboles como las grisetas de Paul de Koch; ya la borrachera de ron, para pasar corriendo en plena calle, bailando y besándose como los locos bohemios de Mürger; ella vestida de blanco, con gran velo también blanco en el sombrero, cubierta de joyas y atractiva, con su talle esbelto, su casco de oro y sus ojos de claro azul; vestido él de frac y chistera, y llevando en el pecho vainas condecoraciones... Todos se paraban a verlos, envidiando su amor... o asombrados de su tardía locura.

—¡Oh! ¡Así ama, él! Yo no quisiera ser amada así—murmuraba Isabel bajito y con dolor, como si se arrepintiera de sus luchas pasadas.

Se había ocultado el sol; mandaron echar la capota al carruaje y subieron.

—¿Adónde?—preguntó galante Alfredo.

—A casa—repuso ella con voz breve.

De una mesa cercana se levantaron varias personas con el objeto de contemplarlos mejor; unos conocidos les saludaban de lejos para que no les quedase duda de haber sido vistos. Isabel contestó tranquila y serena. Alfredo, contrariado, parecía darse cuenta de la situación por primera vez.

Aquella mujer acababa de destrozar su reputación, dando la prueba de sus amores; jamás, en otro tiempo, se hubiera atrevido a aquella exhibición.

Ella se encogió con desdén de hombros. ¡No era el mundo el que le importaba, era su conciencia! ¡La incomprensible!

Rodó el carruaje, pasaron de nuevo la Moncloa, cruzaron el Parque del Oeste y entraron en la población. Iban silenciosos, mudos; Isabel, con la sonrisa eterna estereotipada sobre sus labios y la mirada perdida a lo lejos; Alfredo contemplando a su compañera.

Poco a poco iba sintiendo su corazón agitado por el deseo que le inspiraba; tenía miedo de que fuera verdad aquel definitivo alejamiento. Contemplaba el perfil correcto, los grandes ojos negros, melancólicos, esparciendo un reflejo de pureza casi mística sobre el rostro suave, y los labios rojos, sensuales, cargados de promesas de besos acres, en contraste perpetuo con la mirada tranquila, inocente, sin deseos ni arrebatos pasionales. Recorría la curva de sus hombros, de su garganta firme, de sus caderas anchas, y la ola del deseo se levantaba imperiosa.

—Isabel—dijo—, ¿es cierto que ya no me amas?

Vaciló ella. Negar su pasión le parecía un crimen.

—Ven, ven a mi estudio—añadió él—; yo te amo, te amo siempre... siempre...

Su voz era suplicante y dulce, como la de los niños que saben que se les ama mucho. ¡Ir a su estudio! ¡Como la otra! ¡No! Su orgullo le dio fuerza y contestó con coquetería:

—¿Y tu amada?

—¡Qué importa! También te amo a ti. Eres hermosa, te deseo... Si fuera turco podría amar a varias mujeres sin que se preocuparan unas de otras, y créeme: puede amarse a varias a un tiempo; la Naturaleza nos da ejemplos. ¿No has visto a los rosales repartir por igual su savia en todas las rosas? Sólo al ser humano, el más imperfecto de todos, se le ocurre exigir fidelidad.

Un pliegue de amargura contrajo los labios de Isabel. No era así como ella deseaba ser amada. A punto estuvo de maldecir una belleza que sólo sabía despertar el deseo en vez del cariño. ¡Qué feliz debe ser una fea cuando se siente amada!

—Ven—seguía suplicando Alfredo—, ven; tú no eres un espíritu vulgar...

Lo rechazó con dulzura.

—Te equivocas; soy romántica, tengo ñoñeces y prejuicios; mi cerebro vive en la mayor amplitud de ideas, puedes decir hasta en la disolución... Mi sentimiento es atávico, me sujeta, me encadena... No puedo obrar contra él.

— iCristiana! ¡Burguesa!—apostrofó el pintor—. No serás jamás artista ni conocerás la felicidad. Tienes un espíritu de esclava.

La dureza de las frases de Alfredo no borró la eterna sonrisa de enigma de los labios de la joven.

—Isabel—continuó él arrepentido de su brusquedad—, Isabel, no dejes pasar por tu lado la felicidad... Créeme... Te amo, Isabel, te amo...

Sentía ella la música dulce de sus palabras: aun la quería Alfredo, sí, la quería más de lo que él mismo se figuraba, por la costumbre de una larga amistad.

—Pero yo te he dicho que no te amo...—murmuró defendiéndose.

—¿Qué importa? Sé mía, yo te amo; seamos felices un momento.

Sintió como un latigazo en el rostro Isabel. Al cabo de tanto tiempo aquel hombre no la conocía. La creía capaz de ofrecer su cuerpo y sus caricias sin amor y sin fe a un hombre que tomaba su hermosura como una ofrenda que le era debida, sin preocuparse de su alma.

Era loco tener esperanza... y era verdad. Esta vez no le cabía duda: la felicidad no volvería...

El coche se había detenido ante la puerta de su casa. Un sollozo se escapó de la garganta de Isabel y llegó a oídos de Alfredo; la miró sorprendido; en sus ojos brillaba el rocío de una lágrima; de sus labios no se había borrado la sonrisa.

— ¿No vienes?...—preguntó desconcertado el pintor.

Ella le apretó cordialmente la mano y le dijo con voz en la que se notaba un ligero temblor:

—Adiós, amigo mío. Gracias. Hasta la vista.

Se internó en el manto de sombra del obscuro portal. Él la siguió con los ojos un momento, después quedó silencioso, pensativo.

—¿Adónde, señorito?—preguntó el cochero.

—A Fornos—respondió maquinalmente.

Y luego, malhumorado, como el que quiere sacudir del espíritu algo que le molesta, murmuró entre dientes:

— ¡Bah! ¡Siempre incomprensible!

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