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Antonio Joaquín Robles Soler en AlbaLearning

(Antonio Joaquín Robles Soler)
Antoniorrobles

"El burro es un animal juguetón pero formal"

Biografía de Antonio Joaquín Robles Soler en Wikipedia

 
 
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Música: Tchaikovsky - Album for the Young Op.39 - 8: Waltz
 

El burro es un animal juguetón pero formal

OBRAS DEL AUTOR

Cuentos: Adultos

Visitas al manicomio
 

Cuentos: Infantil y juvenil

El burro es un animal juguetón pero formal
El doctor se hace criatura y a los muchachos cura
La muchacha se ha dormido y las moscas han venido
Los bueyes de una carreta se escriben con un planeta
 

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Quien conozca a Azulita de antiguo, sabe que cuando cae enferma se pone un poquillo mimosa; eso le pasó con el sarampión; y como su padre quería tanto a sus hijos, salió un miércoles con Botón Rompetacones a las ferias de ganado de Villacolorín de las Cintas, y compró para la niña un borrico chiquitín, a ver si con él se le animaba la sonrisa. Botón, que había leído un libro muy bonito en el que se hablaba de un burro que se llamaba «Platero», quiso también llamar «Platero» al jumento que habían traído a su hermana, y hasta le hizo unos versos que decían así:

«Dos orejas grandes; un rabillo chico;
flequillo en la frente... y ya está el borrico».

¿Veis qué poesía? ¿Cómo no le había de salir una poesía, si un borriquillo es, casi, casi, el animalito más dulce y más bondadoso del mundo?

Pero vamos con nuestro asunto. Es lo cierto que Azulita hacía que entrase el asno hasta su dormitorio. Se le sentían las patitas menudas venir por los baldosines del largo pasillo. Y ya en la alcoba de la niña, Botón le preparaba paja y cebada en una caja de cartón de los juguetes, o le dejaban que se durmiera en la alfombra, a los pies de la cama, entornándosele sus enormes y brillantes ojos negros.

Otras veces ponía Botón Rompetacones de pie los bolos de juguete por deseo de su hermana, y «Platero» los iba tirando todos, empujando las bolas de madera con su hocico sonrosadito y blando.

Por fin se puso Azulita completamente buena; pero para aquellos días habían tomado en su casa demasiado cariño a «Platero», y dejaban al buche que entrara a comer al comedor, en un cajón que ponían en el suelo, entre Azulita y Botón. Bien es verdad que comía con mucha limpieza y sin hacer casi ruido con la boca al masticar los granos.

Azulita, cuando volvió a estar tan sana como un capullo nuevo, y tan fuerte como una raqueta de tenis, volvió a ser otra vez la niña buena y limpia, juguetona y obediente a la vez. Iba al colegio, regresaba, se ponía a jugar con «Platero», y así eran felices; pero eran felices los dos gracias a la bondad de Azulita, que ni montaba en el asno ni le cargaba con nada ni le hacía tirar de carro alguno; porque una vez que le ató a una estera para que la pasease por los caminitos del jardín, el burro volvió la cabeza, asomó unos grandes dientes cuadrados -exactos y blanquísimos-, mordió la cuerda hasta romperla, y salió corriendo, muy contento porque se había burlado del trabajo.

La verdad es que aquel jumento era bastante perezosillo y un caprichoso terrible. No le gustaban todas las frutas, ni aunque viera el buen ejemplo de Azulita, que no era ñoña para comer; no bebía en los arroyos claros, cosa que Rompetacones no tenía inconveniente en hacer, aunque saliera echando gotas de agua por la punta de la nariz; en fin, hasta le daba rabia cuando jugaban al escondite y le tocaba quedarse a él.

Pero voy a contaros un pintoresco detalle de su mala educación. A veces se ponía a jugar con las golondrinas, persiguiéndolas en su vuelo torcidísimo; él trotaba entusiasmado por las praderas, detrás de ellas, y con esas cosas se le pasaba el tiempo; por lo cual algunos días llegaba al comedor cuando Botón, Azulita y sus papás habían empezado a comer. Entonces no podía el señor de Rompetacones reprenderle con voces, porque si lo hacía, agachaba el jumento malhumorado su cabeza, metía el hocico entre las dos patas delantera» y se iba a la cuadra pegando tumbos de disgusto por las paredes del pasillo. Y en llegando, se acostaba sin comer.

No se puede negar que con esas cosas resultó demasiado caprichoso y a veces impertinente. No tenía toda la culpa él, puesto que la culpa era de los que le habían dejado nacer cuanto le vino en gana para que la niña estuviera contenta durante su pasada enfermedad.

Pero como al mismo tiempo era alegre e inteligente, y no le faltaba más que hablar, no dejaban de quererle y de admirarle. Les gustaba mucho a todos ver que comía con limpieza, sin tirar ni una brizna de paja fuera del cajón, y que se bañaba en el río por el verano; y les divertía verle cómo jugaba al aro, dándole con el morro, y cómo saltaba con Botón y sus amigos a ver quién batía el «récord» a lo alto y a lo largo. Pero era un burro demasiado señoritingo, demasiado mimoso, demasiado cómodo, y en este mundo no es cosa de que unos trabajen y otros vivan gracias a lo que trabajen los demás.

Sucedió al fin una cosa muy curiosa, y fue que, estando «Platero» a la puerta de los Rompetacones, vio pasar un viejo asno cargado de leña. Daba pena verle con qué trabajo levantaba para cada paso sus cascos finos y sus patas flacas... ¡Pobre viejecito! Todas las mañanas bajaba del bosque él sólito con su carga, y por la tarde subía en busca de su amo para que le cargara otra vez con aquellos haces que pesaban y abultaban lo que cinco «Plateros».

«Platero» le miró, se quedó meditando acerca de lo bien que él vivía y de lo mal que viviría el otro, y de pronto sintió un noble deseo; de manera que salió galopando detrás. Le galopaban los pelos de ese flequillo que tienen los buches, y hasta le galopaba su tripita regalada y redonda.

¿Sabéis por qué corría? Porque, como al fin y al cabo era un asno simpático, había sentido compasión y quería decirle que se volviera con él a jugar. El viejo respondió:

-No, no puedo acompañarte; yo tengo mis obligaciones que cumplir.

Entonces fue cuando «Platero» le cogió del ronzal con los dientes y, tirando, tirando, le trajo hasta la puerta de la casa de Botón Rompetacones. Con su misma dentadura le desató la carga, se la quitó y le convidó a almorzar a la mesa de sus amos; es decir, si no a la mesa, por lo menos entre las sillas de Azulita y Botón, que era donde le ponían el pienso.

Los señores de Rompetacones tuvieron tentación de decirle que eso no valía y que se fuera el desconocido a comer a su casa; pero la niña del lazo de mariposa empezó a arrugar la cara como para llorar de pena; y como al mismo tiempo pensaron que acaso fuera un compromiso de su caprichoso jumento, el caso es que consintieron en ello. Tenía tal aspecto de buen trabajador, que bien merecía una empajada fresca y un pienso reconfortante.

Terminó en paz la comida; se colocó «Platero» de modo que fuera a él al que debían cargar la leña y así la llevó a casa del leñador, caminando delante el asno viejo para indicarle el camino.

No necesitó más «Platero» para cambiar su conducta y su manera de ser. Desde aquel momento, todos los días llevaba y traía del colegio a Azulita sobre sus lomos, y se iba a la compra con unas alforjas que la señora de Rompetacones le hizo; ella iba delante y él iba detrás para que le cargaran.

Hacía más; cuando veía a alguien que llevase algún paquete, ya se estaba acercando para que se lo cargaran. Y, claro está, después de estos trabajos más o menos importantes, comía con más apetito, por dos razones: porque había hecho fuerzas y porque había cumplido con su obligación.

Que jugase al fútbol con Botón, y le aplaudieran sus paradas de portero, casi no tiene nada de particular; pero que saltase a la comba con Azulita, eso era muchísimo más gracioso.

Comía, jugaba, trabajaba y era feliz... Viva ¡«Platero»!

Aleluyas de Rompetacones (100 cuentos y una novela)

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