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Regina Alcaide de Zafra en AlbaLearning

Regina Alcaide de Zafra

"Tarde de otoño"

(Todo amor. Cuentos)

 

 
 
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Música: Falla - El Sombrero de Tres Picos - 4: Danse du Corregidor
 

Tarde de otoño

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Enrique acabó de tomar el café, pagó al mozo y salió de Fornos. Señalaba las cinco y cuarto el reloj de la Equitativa, cuya elegante cupulilla destacábase airosa sobre el azul del cielo.

Enrique, por rara casualidad, no tenia aquella tarde que asistir a la oficina de la Compañía en que estaba empleado, donde pasaba los días enteros trabajando en planos de ingeniería. Al verse libre suspiró con placer el aire puro de aquell a tarde espléndida, una de esas hermosas y apacibles tardes que se disfrutan en Madrid los días de otoño, en que el cielo sereno y limpio semeja inmenso dosel de purísimo azul, que cobija la ciudad, y en que un aire suave refresca el ambiente.

Como era muy aficionado a dar largos paseos, quiso aprovecharla dando alguno, y dirigióse hacia el Retiro.

Por el camino recordó cuánta habíanle alabado unos amigos las bellezas del campo de la Moncloa. Y como también le dijeran que reuníanse todas las tardes, de cinco a seis en la cervecería el Laurel de Baco, para desde allí juntos emprender sus caminatas, pensó en ir allá. Y decidido subió a un tranvía que cruzaba la calle de Alcalá para entrar en la del Barquillo. Era uno de esos coches que tienen sus bancos divididos en asientos para una o dos personas. Se sentó en uno de éstos y notó con gran satisfacción que se había colocado junto a una lindísima joven. Lo primero que atrajo su atención fueron los ojos. Unos ojos negros, rasgados, hermosísimos. Mirábala él atentamente, y ella también, de cuando en cuando, le dirigía una mirada llena de ternura.

No poseía Enrique un carácter vivo ni apasionado; pero los soñadores ojos de su vecina causáronle tan honda impresión, que ya no pudo dejar de contemplarla ni un momento. Agradábale mirar tan de cerca los obscuros cabellos de la joven, que, rizados en ondas y recogidos en graciosos bucles, asomábanse por debajo del elegante sombrero, dejando al descubierto la oreja fina y rosada, de la que pendía un pequeño brillante, temblador y cristalino como una lágrima. También admiraba aquel lindo perfíl, que, destacándose sobre el reluciente cristal, semejaba una de esas finas cabezas modernistas que decoran algunos espejos.

¿Irá sola?-se dijo-. Pero, al venir el cobrador abrió ella un plateado bolsillo, y, sacando varias monedas, le indicó a una señora de bastante edad que iba sentada en el asiento de enfrente, mientras con voz suave decíale:

- Dos hasta Rosales.

Su duda quedó desvanecida.

El coche corría velozmente por anchas calles adornadas de árboles, y Enrique disfrutaba contemplando el cielo y el paisaje a través del cristal, como si fuesen fugaces cuadros que sir vieran de fondo al bello rostro de la joven.

No era el ingeniero un muchacho enamorado ni fácil de entusiasmarse pronto; pero aquella jovencita tenía tan singular atractivo, sus ojos negros poseían tan inexplicable encanto, que al pasar por la calle de la Princesa ni siquiera intentó descender allí. Pensó que ya se bajarían en el Paseo de Rosales, y entonces iría detrás de ella, contemplando su cuerpo.

Y aunque no le agradaba el pensar que tendría que contentarse con seguirla a respetuosa distancia, se consolaba echando a volar su imaginación, figurándose que si aquella tarde no podía ir a su lado, no habían de tardar mucho los días en que recorriesen juntos el mismo camino, oyendo ella por aquella orejita fina y rosada, de la que pendía el pequeño y temblador brillante, las mil amorosas frases apasionadas que él pensaba decirle, paseándose luego reunidos, y siendo entonces la señora aquella que la acompañaba, y que no parecía ser su madre, la que les siguiera a prudente distancia.

El tranvía llegó al final del trayecto, y Enrique bajóse ligero. Desde la explanada la atmósfera, pura y diáfana de aquella hermosa tarde, dejaba distinguir un paisaje espléndido, del que pensaba gozar a sus anchas mientras se pasease.

Anduvo un corto trecho, volviendo la cabeza de cuando en cuando, temiendo perder de vista a las dos mujeres.

¡Pero no había miedo! El paseo estaba poco concurrido. ¡No se le escaparían! Mas ¡cuál no fue su extrañeza al observar que el tranvía emprendió otra vez la vuelta y dístinguir al través de los cristales la bella figura de la muchacha! Echando a correr, se subió con gran presteza en el coche. En el interior había poca gente, la señora y la joven resultaban sentadas casi en los mismos sitios. Sólo habianse combiado de asiento para seguir de frente.

Al colocarse Enrique nuevamente a su lado, dirigióle ella una mirada tan dulce y melancólica que compensó a éste de la contrariedad sentida al tener que abandonar tan pronto aquel delicioso paseo.

Siguióla él contemplando ávidamente, fijándose en la blanca blusa de seda adornada de encajes y en la rizada falda de fino paño azul, cuyos pliegues abríanse o estrechábanse, cayendo revueltos unos sobre otros al descansar en el suelo.

Ahora, en el regreso, el trayecto hacíase más largo, a causa de lo frecuente de las paradas. Esto le agradaba a él. ¡Así estaría más tiempo junto a ella! Después la seguiría a su casa... o adonde fuese.

Era la hora del crepúsculo cuando llegaron a la Carrera de San Jerónimo. Enrique se bajó y paróse junto al escaparate de una tienda, y ¡cual no seria e ntonces su sorpresa al observar que, tras grandes esfuerzos, la joven descendía del coche y, apoyándose en el brazo de la señora que la acompañaba, anduvo algunos pasos lenta y penosamente, ayudada de una pequeña muleta que suplíale la falta de una pierna, yendo a tomar el otro tranvía que conduce a Atocha! Al verlo, Enrique vaciló un momento ... y luego, no teniendo valor para seguirla, marchó Carrera arriba, con el alma apenada, serio y pensativo, mientras ella, a través de los cristales del coche, contemplábalo alejarse con aquella mirada llena de triste e infinita resignación, que imprimía en sus negros ojos aquel singular encanto que era el poderoso imán que tan vivamente impresionaba a cuantos hombres la miraban, como aquella tarde había acontecido al joven ingeniero ...

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