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Regina Alcaide de Zafra en AlbaLearning

Regina Alcaide de Zafra

"Los dos pañuelos"

(Todo amor. Cuentos)

Biografía de Regina Alcaide de Zafra

 
 
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Música: Falla - El Sombrero de Tres Picos - 4: Danse du Corregidor
 

Los dos pañuelos

OBRAS DEL AUTOR

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Lo indescriptible
Los dos pañuelos
Tarde de otoño

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El conde de Montesol penetró con su hija lsabela en el antepalco. Despojáronse de sus fastuosos abrigos de pieles que, al quedar colgados de las doradas perchas, semejaban en la penumbra fieras quiméricas, guardadoras de la pequeña entrada, y aparecieron en la platea, en la que tomaron asiento el uno frente al otro.

La condesita, con femenil coquetería, se arregló los rizos de su cabellera dorada, y descansó luego su enguantado brazo en el purpúreo antepecho, que parecía una gigantesca serpiente roja tendida al borde de los palcos.

El acto primero de la comedia que representaban terminó, y, a los pocos momentos, llenóse el estrecho pasillo de las butacas, de esos jóvenes pretenciosos, correctamente vestidos, que acuden a los teatros elegantes los días de moda. Conjunto de caras inexpresivas, altos cuellos acartonados, cabelleras planchadas, impecables pecheras, y trajes negros de etiqueta, copiados fidelísimamente del último figurín inglés.

La condesita conocía a muchos de ellos y, sonriente, inclinó varias ve ces su linda cabeza, contestando a sus saludos.

Luego, sus grandes ojos azules buscaron anhelantes el grupo de jóvenes que formaban el sexteto, sin poderlos descubrir. La masa de pollos que llenaba el pasillo dejábalos ocultos, y con su contínuo charloteo impedía también se percibiesen las dulces melodías de un lindo vals de Bergers, que ejecutaban; pues sólo a largos intervalos oíase algun vibrante acorde, la nota aguda de un violin o la profunda del contrabajo. Y sólo al terminar el vals y ponerse los músicos de pie, pudo !sabela cruzar su mirada ardiente, con la que amorosa le dirigió uno de ellos ...

Aquella noche la de Montesol, abatida y nostá lgica, en la soledad de su aposento, rememoraba Jos sencillos accidentes de aquel loco amor, que notaba iba insensiblemente apoderándose de su alma... Una noche de escasa concurrencia en el teatro, fijáronse sus ojos en la gallarda y atractiva figura del modesto violinista. Y debió de ser tan significativa y persistente su mirada, admirando su artística y varonil cabeza y la elegante soltura con que manejaba el arco de su instrumento, que al salir le halló esperándola en el vestíbulo, clavando en ella, al pasar, sus ojos amorosos y ardientes. Y aquellas miradas furtivas, reveladoras de un intenso amor, repetíanse siempre que se encontraban; y ahora, al considerar ella, dada su desigualdad social, lo irrealizable de aquella pasión, lloraba y lloraba sin cesar, enjugando sus lágrimas con un fino pañuelo de encaje, en uno de cuyos picos aparecía bordada una I bajo una corona condal. Pañuelo que iba impregnándose de sus lágrimas, que cristalinas y silenciosas se deslizaban por sus mejillas ...

*

Para ninguno de los compañeros del violinista Elio había pasado inadvertida la pasión que éste sentía por la aristócrata. Y como él miraba su amor como cosa imposible, eludia el hablar de ello con sus amigos.

Cierta noche, reunidos, como de costumbre, en un café cercano al teatro, ocurriósele a uno interrogarle acerca de sus platónicas adoraciones. Elio evadió la respuesta; mas como el otro, sin consideración insistiese, soliviantó su ánimo apacible y sereno. Exaltados, surgió la disputa, y al chocar violento de una copa contra el mármol de la mesa, saltó aquélla en pedazos, yendo a clavarse uno de ellos en la despejada frente del violinista. Éste sonrió con tristeza al amigo, como reprochándole y reprochándose aquel momento iracundo, signo acusador de inferioridad, impropio de ellos, y desligándose el pañuelo blanco de seda que llevaba al cuello, lo aplicó a la pequeña herida. Y el cendal albo se fue cubriendo de puntos carmlneos, porque la sangre segula brotando lenta, temblorosa, rezumante, como si la frente luminosa fuese una mina de rubíes ...

*

Era la hora del final de un día.

En el remanso de un pequeño río lavaba una mujer, a cuyo lado alzábase en un lebrillo, en nítido montón, la ropa ya dispuesta para ser tendida.

La lavandera iba terminando ya su faena ruda. Alargó el brazo y recogió de una cesta dos últimos pañuelos. Uno de batista y ligero encaje con una I bordada, bajo corona condal, que aparecía como si, húmedo, hubiese sido aprisionado por una mano febril. Y el otro, de blanca seda, con el nombre de Elio bordado en uno de sus picos, ostentaba porción de manchas sanguíneas.

La mujer fuerte los unió en su mano, y después de ahogarlos en la corriente linfa, quedaron tendidos sobre el duro ladrillo, donde el jabón amortajóles con blanca espuma... Luego las manos vigorosas los oprimieron y estrujaron repetidas veces, sumergiéndolos en las aguas espumantes, hasta que unidos y reliados en estrecho abrazo, fueron a parar juntos al cercano montón de ropa inmaculada... Tendidos después el uno junto al otro, llorosos y lánguidos, los oreó un viento suave en aquella noche de luna ...

*

En el teatro elegante a que la de Montesol concurría, estrenábase un drama, obra de un joven poeta, que había puesto en él toda la pasión y ternura de su alma ardiente y sentimental.

Era un drama de amor infausto, ¡dolor y sangre! que se desarrollaba algo exirañamente, dado el convencionalismo de la imperante artilugia teatral.

Al terminar fueron muy diversos los comentarios que suscitó.

A la platea de la de Montesol acercáronse varios de sus amigos. Isabela los interrogó:

- Vamos, ¿qué les ha parecido? ...

- ¡Psih!... una tontería, respondió un pollo insípido de voz atiplada.

-A mi me gusta más la piececilla que pondrán ahora, expresó uno muy gordo.

- Pues yo, la verdad-dijo otro gesticulando en tono doctoral-esa mezcla de lágrimas y sangre de sujetos tan distintos y distantes, paréceme una cosa absurda.

- ¡Falso! Completamente falso - añadió uno retorciéndose los bigotes.-Esas cosas no suceden nunca... ¿No es cierto, amiga !sabela? ...

La condesita por contestar de algún modo a aquellos majaderos, sonrió; pero sonrió melancólica pensando en aquel su amor también imposible ...

*

Al despertar aquella noche la aurora de su plácido sueño, contempló a su difusa luz en el remanso de un río, entre ondulante mancha de blancura, a dos pañuelos níveos que, tendidos el uno junto al otro, ondeaban como banderas de paz... Y que atraídos por el viento se acariciaban, murmurándose sus pasadas emociones ... - ¡Qué saben los hombres del fin de las gotas de su sangre, ni de las lágrimas de sus ojos!. ..

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